De la caza de ballenas a las regatas: una tradición que sigue viva en las Azores

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  • De la caza de ballenas a las regatas: una tradición que sigue viva en las Azores

    En la localidad de Lajes do Pico, en la isla de Pico, el sonido del mar sigue marcando el ritmo de una historia que se resiste a desaparecer. Ya no se trata de salir a cazar ballenas, como hicieron durante generaciones los hombres de este rincón de las Azores, sino de mantener a flote una parte esencial de su identidad. Los mismos botes de madera que un día se hicieron a la mar en busca del sustento familiar son hoy protagonistas de regatas, actividades culturales y experiencias turísticas que conectan el pasado con el presente. Aquí, la tradición sigue navegando. Se transmite de patrón a tripulante, de padres a hijos, y se reconoce en el sonido de los remos al entrar en el agua, en el izado de una vela y en el esfuerzo colectivo de una tripulación que maneja una embarcación concebida para enfrentarse a uno de los mayores animales del planeta. Filipe Fernandes, patrón del Nossa Senhora de Fátima y director del Espaço Bota-te, que es como un Centro de Interpretación de los Botes de Ballenas de Lajes do Pico, es uno de los principales defensores de este legado. Para él, la supervivencia de estas embarcaciones demuestra que es posible conservar una tradición transformando su finalidad. «Lo que hicimos con los botes balleneros es algo extraordinario: quitamos la ballena y el interés no desapareció. Era un milagro lo que hacían estos hombres cuando salían a la mar sin saber si volverían, y es un milagro el haber podido mantener esta tradición casi medio siglo después», explica. La frase resume la evolución de una actividad que ha pasado de la necesidad al deporte sin perder su vínculo con la comunidad. Las antiguas rivalidades siguen presentes, las historias de los balleneros continúan apareciendo en las conversaciones y cada regata sirve para recordar de dónde vienen estas embarcaciones. Durante décadas, la caza de ballenas formó parte de la economía y de la vida cotidiana de las Azores. La llegada de los balleneros estadounidenses al archipiélago, a finales del siglo XVIII, influyó en el desarrollo de una actividad que acabaría arraigando especialmente en Pico. Eran botes largos, estrechos y ligeros, de unos doce metros de eslora, construidos para ser rápidos y maniobrables. A bordo viajaban siete hombres, que debían coordinarse con precisión y asumir un riesgo considerable. La captura se realizaba artesanalmente, con arpones lanzados a mano, sin los medios industriales que terminarían imponiéndose en otras partes del mundo. La supervivencia de muchas familias dependía de aquellas salidas. No era una afición ni una aventura deportiva, sino un trabajo duro, condicionado por el tiempo, el estado de la mar y la posibilidad de regresar con una captura que proporcionara ingresos. El aceite extraído de las ballenas tenía un importante valor comercial y su transformación impulsó una industria que dejó una huella profunda en la sociedad insular. La actividad ballenera fue prohibida en las Azores en 1984. Con ello desapareció una forma de vida, pero no las embarcaciones ni los recuerdos asociados a ellas. El desafío consistía en encontrar una razón para seguir construyéndolas, cuidándolas y utilizándolas. El último cachalote se cazó, fue en Pico en 1987, como un acto de protesta ante aquella prohibición, que acabaría siendo definitiva. La respuesta llegó desde el deporte. «Sin las regatas, todos estos botes habrían desaparecido. La competición ha sido una forma saludable de adaptarse a los nuevos tiempos», sostiene Fernandes. Las primeras regatas organizadas de botes balleneros se celebraron en julio de 1988, sobre la base de carreras informales anteriores. Desde entonces, la competición ha contribuido a recuperar embarcaciones antiguas y a construir otras nuevas siguiendo los métodos tradicionales. En Pico, la actividad ha arraigado con fuerza, hasta convertir la isla en uno de los principales centros de esta modalidad. Lo más llamativo es que los botes conservan su esencia. No son réplicas decorativas ni versiones modernas inspiradas en un diseño antiguo. Son embarcaciones de madera que mantienen las líneas, la configuración y los principios constructivos de sus antecesoras. La madera procede de los bosques de la propia isla y la selección de los árboles adecuados sigue siendo parte del proceso artesanal. Elegir un tronco recto para el mástil, trabajar las piezas y ensamblarlas exige conocimientos que no pueden improvisarse. La construcción de cada embarcación requiere meses de trabajo y una atención a los detalles, como el puede ver en el taller de João Tavares, donde cada barco se construye con la misma ilusión que el primero. «Son barcos muy rápidos, con líneas de agua muy eficientes. Están diseñados para navegar y cambiar de sistema de propulsión con facilidad», explica Fernandes, que ha estudiado técnicas de remo y navegación para mejorar el rendimiento de su equipo. Su implicación demuestra que la tradición no está reñida con el análisis técnico ni con la búsqueda de la excelencia deportiva. En determinadas pruebas, las maniobras reproducen la actividad original: preparar la embarcación, llevarla hasta el agua y alternar la boga y la navegación a vela. En una de las modalidades, la tripulación debe combinar ambas disciplinas, como hacían los balleneros cuando necesitaban acercarse a su objetivo. La transformación de los botes balleneros ha abierto, además, una nueva vía para descubrir Pico. El visitante que llega a Lajes puede conocer esta tradición acercándose al Espaço Bota-te y al Museo de los Balleneros, pero también puede vivirla desde el mar. Acompañar a Fernandes a bordo del Nossa Senhora de Fátima permite experimentar de la navegación. La propulsión depende de los remos y del viento, y cada maniobra exige coordinación, equilibrio y atención. La experiencia permite comprender por qué estos botes fueron tan importantes. El Municipio de Lajes do Pico ha presentado candidatura a Patrimonio Mundial de la UNESCO.

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