Hans Geilinger: «En tierra confundimos lujo con posesiones; en el mar, el lujo es el tiempo»

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  • Hans Geilinger: «En tierra confundimos lujo con posesiones; en el mar, el lujo es el tiempo»

    Hans Geilinger llevaba una vida estable y cómoda en Barcelona: tenía un estudio de arquitectura, era docente universitario, una familia y una rutina que muchos considerarían ideal. Sin embargo, un día decidió soltar amarras y cambiar la seguridad de tierra firme por la incertidumbre del océano. Junto a su mujer, Imma, navegó durante doce años alrededor del mundo a bordo del Tuvalu, enfrentándose a tormentas, arrecifes, tsunamis, enfermedades, piratas y también a los silencios infinitos del mar. De aquella aventura nace 'Tuvalu', una novela autobiográfica en forma de diario de viaje, donde se mezclan emoción, humor y una profunda reflexión sobre la libertad y el sentido de la vida. —Hans, ¿cómo se toma la decisión de dejar una vida estable para dar la vuelta al mundo en velero? —Zarpar es uno de los momentos más importantes para cualquier navegante. Soltar amarras siempre es clave, porque dejas algo atrás, aunque solo sea por unas horas. En nuestro caso dejábamos una vida cómoda, pero no porque fuera insostenible. No huíamos de nada. Simplemente intuíamos que en el mar había algo que en tierra no teníamos: emociones reales. El mar no tiene filtros, te habla directamente al cuerpo, al alma y a tus límites. Aún me acuerdo perfectamente de cuando salimos de El Garraf, aquí en Barcelona, la euforia fue total. —¿De dónde nace ese impulso? —Supongo que de la necesidad de volver a sentir. Yo tenía 50 años cuando salimos. En tierra todo estaba bajo control: trabajo, familia, rutinas. Y eso, con el tiempo, anestesia. Queríamos salir de la zona de confort para volver a vivir con intensidad, como lo hace un niño pequeño. —¿La decisión fue compartida desde el principio con su mujer, Imma? —Curiosamente sí, y además la idea fue suya. Hay muchas parejas que normalmente el hombre tiene el sueño y la mujer dice que no, y a lo mejor al final se deja convencer y cuando llegan al Caribe y ahí la mujer dice, no, esto yo no lo quiero más. En nuestro caso, estábamos en Grecia, en una cala de Míkonos, y conocimos por casualidad a una pareja española que acababa de completar la vuelta al mundo. Aquella noche Imma me preguntó: «¿Y si damos la vuelta al mundo?». Y claro, yo tardé un milisegundo en decir que sí. Pensé que me había tocado la lotería. —¿No hubo dudas? —Muchas. Yo tenía una vida profesional muy asentada y un barco que, en principio, no estaba pensado para dar la vuelta al mundo. El Tuvalu es un Dufour 40 Performance, un barco rápido, de regatas mediterráneas y que no es precisamente el ideal para dar una vuelta al mundo. Nos planteamos cambiarlo, pero al final decidimos seguir con él porque lo conocíamos bien. —¿Qué nos encontraremos en el libro? —El libro es, ante todo, un reflejo muy fiel de lo que realmente vivimos. No hay nada inventado: lo que se cuenta es exactamente lo que ocurrió, aunque adaptado a una forma literaria que resulte comprensible y atractiva para el lector. Es una narración que alterna momentos más descriptivos con otros centrados en las emociones y en cómo me sentía como navegante en cada situación. Porque, en el fondo, la navegación oceánica es sobre todo un ejercicio mental. Tiene una parte física, técnica y tecnológica, pero lo esencial sucede en la cabeza. Hay que tener muy claro qué se quiere y hacia dónde se va, y aprender a gestionar los problemas y los imprevistos que de semanas sin tierra a la vista es vital. Cuanto más viento hay, mejor funciona. Fue, probablemente, el elemento más fiable de toda la vuelta al mundo. —Doce años navegando… ¿Estaba previsto desde el inicio? —Para nada. Salimos sin saber hasta dónde llegaríamos. Quizá volveríamos tras cruzar el Atlántico o hasta llegar al Caribe. El sueño estaba ahí, pero lo fuimos construyendo sobre la marcha. Cuando dimos el nombre al barco, 'Tuvalu', yo tenía muy claro que ese nombre implicaba un destino. Tuvalu es un grupo de nueve islas situadas en el Pacífico, al norte de Fiyi y cerca del ecuador, y pensé que, si el barco se llamaba así, había que llegar hasta allí. Para mí era un reto, y los retos son los que te dan la perseverancia necesaria para seguir adelante y alcanzar el objetivo. —En el libro relata situaciones extremas. ¿Cuál fue el momento más difícil? —Hubo muchos, pero lo más importante no es el peligro en sí, sino cómo lo gestionas mentalmente. La navegación oceánica es sobre todo una experiencia psicológica. Recuerdo una noche en Fiyi, estábamos amarrados a una boya y, en plena noche, se oyó un ruido brutal. Saltamos del camarote y descubrimos que la boya se había roto y el barco había quedado atrapado en medio de un campo de arrecifes de coral. Oscuridad total, sin referencias. En ese momento te preguntas: ¿qué hago ahora? En ese momento tienes que decidir con calma. El miedo al futuro suele ser inútil: casi nunca ocurre lo que imaginas. —En el libro da mucha importancia a las emociones. ¿La navegación oceánica es más mental que técnica? —Absolutamente. Tiene una parte física, técnica y tecnológica, pero lo esencial sucede en la cabeza. Tienes que tener muy claro qué quieres, hacia dónde vas y, sobre todo, cómo manejar los desastres que inevitablemente aparecen. —Todo ese recorrido lo ha plasmado en el libro Tuvalu. ¿Cuánto hay de realidad y cuánto de ficción? —El libro es muy fiel a lo que vivimos. No he inventado nada. Lo único que hago es darle una forma literaria que sea comprensible y agradable para el lector. Hay partes más descriptivas y otras más emocionales, donde explico cómo me sentía como navegante, pero los hechos son reales. —¿Pasaron miedo de verdad? —Claro, pero el miedo también se aprende a manejar. Cuando estás en medio del océano y sabes que tienes diez días por delante y diez por detrás, no puedes huir. Solo puedes resistir. Aprendes que, por duro que sea, el mar siempre acaba calmándose. —¿Qué le ha enseñado el mar sobre el miedo? —Que el miedo casi siempre es inútil. Te preocupas por cosas que podrían pasar, pero normalmente no pasan. El barco podría hundirse, podrías chocar con un contenedor… y casi nunca ocurre. El mar me ha enseñado a vivir el ahora. Y eso no solo sirve navegando, sirve también para la vida —¿Nunca pensaron en abandonar? —Nunca. Han pasado cosas muy duras, sí, pero jamás pensamos en dejarlo. Cada problema se convierte en aprendizaje. Al día siguiente te levantas y piensas: la navegación es bellísima, y la próxima vez estaré mejor preparado. —Después de tantos años en el mar, defiende con convicción la idea de viajar despacio. ¿Por qué es tan importante? —Porque cuando navegas rápido solo ves agua. Nada más. Siempre tienes prisa, condicionado por las temporadas de ciclones y por llegar al siguiente punto. Ir despacio, en cambio, te permite parar. Y cuando paras, suceden cosas. Te quedas varios días en una isla, conoces a la gente, participas en su vida, en sus fiestas. Esa riqueza humana solo aparece cuando no corres. —¿Cree que el tiempo es el verdadero lujo del viaje? —Sin duda. Doce años pueden parecer muchos, pero si realmente quieres ver el mundo, entenderlo y vivirlo, quizá harían falta veinticinco. Ir lento transforma el viaje: deja de ser una acumulación de millas y se convierte en una experiencia vital. —¿Qué te enseñó el mar sobre el tiempo? —Que el tiempo, tal como lo entendemos en tierra, no existe. En el océano puedes pasar horas mirando el horizonte. No hay horarios ni prisas. Y eso cambia tu escala de valores. El verdadero lujo no es tener cosas, sino tener tiempo: para pensar, para hablar, para estar presente. —¿Y sobre las personas? —Conocimos comunidades que viven sin móvil, sin coches, sin redes sociales, sin prisas. Gente que vive del mar y con el mar. Eso hizo replantearme qué entendemos por bienestar. Aquí confundimos lujo con posesiones; allí el lujo es el tiempo y la conexión humana. —¿Volvería a hacerlo? —Nunca digo nunca. El libro me ha permitido dar otra vez la vuelta al mundo. Ahora disfruto del presente, de mi familia, tengo una nieta. Quizá algún día vuelva. O quizá no. Lo importante es haber aprendido a vivir el ahora. Eso es lo más valioso que me ha dado el océano. Lo que cuenta es ahora y mañana, ya veremos. A lo mejor mi nieta se viene a dar la vuelta al mundo conmigo, quién sabe, ¿no? (sonríe).

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