La náutica aún busca su rumbo en la transición energética. Sin embargo, la automoción avanza en plena transición estructural destinando más de 70.000 millones de euros anuales en I+D. En la industria náutica esa inversión representa apenas 3.000 millones de dólares. La brecha no es de tamaño entre ambas industrias: es estructural. El sector del automóvil ha convertido la innovación en una política industrial; la náutica, de momento, es un laboratorio fragmentado, donde conviven iniciativas privadas, proyectos piloto y esfuerzos dispersos de fabricantes que exploran sin marco común, ya que no tienen presión competitiva ni orientación real a escala. La diferencia entre ambos sectores viene dada, además, por el impulso regulatorio. En Europa, la Directiva 2019/1161 sobre vehículos limpios y el paquete «Fit for 55» obligan a la automoción a competir en la descarbonización. Además, es una estrategia defensiva puesto que la industria asiatica ya se nos ha metido en el salon de casa desafiando el estatus industrial que teníamos en Europa. El sector de la nautica vive otra realdiad. En la náutica, el marco regulatorio es difuso, heterogéneo entre países y sin objetivos coordinados de reducción de emisiones. Lo que en tierra es una obligación competitiva, en el mar es opcional. A esta brecha se suma la alta concentración del mercado náutico, dominado por grandes grupos que operan bajo estrategias de rentabilidad y crecimiento inorganico. Como pasaba en la automoción en una era previa al capital chino y al hambre sus empresas tecnologicas. Innovan porque tienen músculo financiero y no rechazan explorar nuevos nichos. Pero sin deshacer su negocio principal. No hay propósito de sustitución, sino de complementariedad residual de los mercados. Ejemplos como Yamaha adquiriendo Torqeedo, Candela explorando la electrificación con foils o los barcos de hidrógeno de la America's Cup muestran viabilidad técnica aunque sin escala. Los costes son altos, las infraestructuras escasas y la tracción comercial discutible. En otras palabras, hay innovación, pero no mercado. En la industria de automoción el sistema empuja: incentivos fiscales, presión competitiva y nuevos actores, como los fabricantes chinos, que irrumpen el mercado. En la náutica, solo unos pocos creen en la transición energética. Surgen nuevos jugadores, sí, pero en un entorno más pequeño, más conservador y con escasa demanda. Aun así, la batería de litio y los paneles solares han transformado la experiencia a bordo, aportando mayor autonomía e independencia energética. La adopción de estos sistemas demuestra que la innovación marina puede ser comercial y escalable cuando se centra en aportar valor al usuario. El reto en la nautica no es técnico, comercial ni financiero: es estratégico.
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