Cruzar el Atlántico en mini barco y sin piloto

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    <r>CON UN PAR Y UN PALITO



    Infierno de agua y soledad en un 'minibarco'

    Sedlacek, a bordo del Open 16 Fipofix. | open16.comSedlacek, a bordo del Open 16 Fipofix. | open16.com

    Harald Sedlacek emplea 87 días en cruzar el Atlántico entre Gijón y Florida en un velero de 4,9 metros

    Sus jornadas de trabajo se prolongaban 20 horas debido a los daños sufridos en el piloto automático

    Dentro de un mes cruzará de nuevo el 'Gran Charco', esta vez de Oeste a Este "Hubo momentos en los que me sentía completamente acabado, tenía miedo; me sentía solo y desprotegido"

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    Enfrentarse al océano Atlántico en solitario es toda una proeza. Hacerlo como Harald Sedlacek, a bordo de un barco de 4,90 metros de eslora, roza la locura. Su única zona 'protegida' de cubierta durante 87 interminables días ha sido una superficie de 1,5 metros cuadrados, desde donde ha resistido vientos, olas y averías con jornadas de trabajo de 20 horas y teniendo que racionar los víveres. Un infierno de agua y soledad del que ha salido airoso, pero al que volverá a atravesar dentro de un mes para regresar al punto de partida.



    Al pisar tierra firme en Palm Beach (Florida, EEUU) el pasado domingo, Sedlacek no ocultó las sensaciones que le invadían cuando se encontraba en medio de ninguna parte: "Hubo momentos en los que me sentía completamente acabado, en peligro de abandono: tenía miedo, me sentía solo y desprotegido". El el Open 16 Fipofix llegaba a la costa estadounidense tras completar 5.100 millas desde Gijón, una lenta aventura que no se ha desarrollado como estaba planeada.

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    Y es que en el guión ni siquiera Harald aparecía como protagonista principal. El desafío comenzó el pasado 10 de noviembre con Norbert Sedlacek, su padre, como patrón del minúsculo velero. Zarpaba rumbo a Nueva York desde Les Sables d'Olonne, la meca de la vela oceánica al ser la salida y meta de la Vendée Globe, la vuelta al mundo a vela en solitario y sin escalas.



    La elección del puerto francés no fue por romanticismo. El pulso de Sedlacek se iba a iniciar en el mejor escaparate posible para demostrar la resistencia de su cáscara de nuez, construido por la empresa que da nombre al barco con un innovador material de fibras volcánicas que, según el fabricante, está llamado a revolucionar la náutica.



    El casco del Open 16 Fipofix aguantó las violentas embestidas meteorológicas del Golfo de Vizcaya, pero ni el piloto automático ni el sistema de los timones corrieron la misma suerte y Norbert Sedlacek se vio obligado a buscar refugio en Gijón para reparar los daños. Sólo había recorrido 250 millas.



    Los días pasaban y el velero 'volcánico' seguía sin estar listo para reiniciar el viaje. Al final, el veterano navegante decidió que no volvería al agua porque, según explicó, los continuos retrasos en las reparaciones iban a alejarlo del negocio de su empresa durante toda la temporada, circunstancia que echaría al traste el trabajo de varios años. Su hijo Harald, miembro del equipo técnico, se prestó a coger el timón pese a su escasa experiencia como navegante oceánico.

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    El 16 de enero el Open 16 Fipofix volvía a desafiar al Atlántico, aunque sin tener el piloto automático totalmente reparado. Sin esta herramienta de vital importancia en navegaciones en solitario, las jornadas de trabajo de Harald Sedlacek eran de 20 horas.



    Las tormentas tampoco se apiadaron de la pequeña embarcación, que tuvo que descender rumbo al Sur en busca de vientos menos feroces, lo que significa recorrer muchas más millas, pasar más días en el océano. Basta un simple vistazo a los partes de posiciones para comprobar que el prototipo escapaba de las condiciones meteorológicas, ya que en pocas ocasiones el barco superaba los cinco nudos de velocidad de media. Normal que una travesía que suele durar unas tres semanas se alargara durante casi tres meses.



    En el último tramo del cruce y debido al rodeo que tuvo que dar, Sedlacek temió quedarse sin comida y acabó limitando su dieta a 1.700 calorías diarias, una miseria comparadas con las 4.000 que consume de media un regatista de la Volvo Ocean Race.



    Llegando ya a Bahamas, el peligro llegó en forma de enormes mercantes que podían engullirse al Open 16 sin percatarse. Pero el tráfico marítimo tampoco pudo con Harald Sedlacek.</r>
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