Lo que el mar no se traga: dos imágenes de una misma tragedia separadas por miles de kilómetros

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    Cuando viajamos, todos los que amamos el mar buscamos fotos bonitas. Playas de arena blanca, agua limpia y transparente, y paisajes de postal. Sin embargo, en dos de mis viajes recientes, mi cámara captó algo muy diferente. No vi naturaleza intacta, sino las huellas claras de un problema grave. El plástico está ahogando nuestros mares sin importar el continente. En mayo de 2025 viajé a Vietnam con mi família. El viaje terminaba con una excursión con barco por la bahía de Ha Long, un lugar increíble, protegido por la UNESCO, donde enormes islotes de piedra y jungla verde emergen del agua. Pero al mirar con atención entre la vegetación y los acantilados, la magia desapareció. En una pequeña cala escondida, el agua estaba estancada y repleta de residuos flotando, bidones viejos, trozos de corcho, boyas y envases de plástico atrapados entre las ramas. Mis fotos apenas muestran una pequeña parte del inmenso problema. De regreso al puerto, el panorama me entristeció profundamente, incluso en uno de los parajes protegidos más famosos del mundo, la basura se acumula en rincones donde nadie puede limpiarla. Ocho meses después, en enero de 2026, la historia se repitió mucho más cerca. Siendo de origen griego, visité una playa situada a solo 15 kilómetros al sur de la famosa Acrópolis de Atenas. Había llovido con fuerza durante la noche y me acerqué a la orilla para contemplar el oleaje tras el temporal. Lo que encontré no fue la estampa idílica que solemos asociar a la costa mediterránea, sino un auténtico basurero a cielo abierto. La arena estaba cubierta por miles de botellas de plástico, bolsas rotas, maderas y hasta un contenedor de basura volcado por la fuerza de la corriente. Las lluvias torrenciales habían arrastrado los desechos de las calles directamente al mar. En plena Europa, a unos minutos del centro de una capital, la realidad resultaba imposible de maquillar. A Ha Long y Atenas las separan miles de kilómetros y culturas muy distintas, pero ambas fotos comparten la misma herida. Casi tres cuartos de la basura que contamina los mares procede de tierra firme, de nuestras ciudades, de lo que tiramos sin cuidado y de envases que usamos unos minutos pero tardan siglos en degradarse. El mar no fabrica plástico, simplemente lo recibe a través de ríos, tormentas, desagües urbanos mal canalizados o de nosotros mismos que lo tiramos sin remordimientos. Durante mucho tiempo pensamos que el océano era tan inmenso que podía tragarse cualquier desecho sin dejar rastro. Estas dos fotos, tomadas con meses de diferencia en dos puntos tan alejados, demuestran que no es así. El mar no borra nuestros errores, nos los devuelve a la orilla. Organizar limpiezas en las costas ayuda, pero no frena la raíz del problema. Si de verdad queremos proteger el mar, debemos reducir drásticamente los plásticos desechables, mejorar la gestión de residuos en todos los países y cuidar los cauces fluviales. Ningún rincón del planeta, por hermoso o protegido que sea, estará a salvo si seguimos tratando el mar como el vertedero del mundo. El plástico en los mares no conoce ni países ni fronteras. Basta preguntárselo a los habitantes de Dubrovnik en Croacia que en el mes de noviembre de 2025 vieron sus idílicas playas cubiertas de colosales cantidades de residuos plásticos que las corrientes depositaron desde todo el mar Adriático.

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